Desde los tiempos de los apóstoles, el bautismo ha sido la puerta de entrada a la vida cristiana. En la Iglesia antigua, quienes deseaban bautizarse eran inscritos como catecúmenos y recibían una preparación que podía extenderse por meses o años; con el tiempo se extendió también la costumbre de bautizar a los hijos de familias cristianas desde la infancia, práctica que nuestro servicio actual conserva.
El rito ha sido, desde el principio, doble: una triple inmersión en agua en el nombre de la Santísima Trinidad y una unción con aceite perfumado, el santo crisma. En Oriente ambos elementos se han mantenido siempre unidos en un solo servicio, aunque distinguimos la inmersión bautismal de la unción, a la que llamamos crismación. No hay bautismo verdadero sin crismación, ni crismación sin bautismo, aun cuando en ciertos casos —como al recibir en la Iglesia a cristianos ya bautizados en el nombre de la Trinidad— ambos se administren por separado.
El Nuevo Testamento es claro sobre lo que sucede en el bautismo: por él nos despojamos del hombre viejo y, como escribe San Pablo, «nos revestimos de Cristo» (Gálatas 3:27); por él se nos concede el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, hasta el punto de que el apóstol Pedro puede afirmar que «el bautismo ahora os salva» (1 Pedro 3:21). El Evangelio de Marcos resume esta enseñanza con sencillez: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Marcos 16:16).
A través de la triple inmersión, Dios concede al bautizado un nuevo nacimiento y la purificación de los pecados; a través de la unción con el crisma, le otorga el Espíritu Santo con sus dones. Si el bautismo es una participación personal en la Pascua de Cristo, la crismación es una participación personal en Pentecostés: el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego desciende ahora, de modo invisible, sobre cada bautizado. San Cirilo de Jerusalén lo expresaba así a los recién bautizados de su tiempo: tal como Cristo, al salir de las aguas del Jordán, recibió sobre sí al Espíritu Santo, «de modo también semejante, después de que subisteis de las sagradas aguas de la piscina, se os ha dado el Crisma [...]: en realidad es el Espíritu Santo».
El sacerdote unge con el santo óleo la frente, los oídos, el pecho y las demás partes del cuerpo del bautizado, mientras pronuncia: «El sello del don del Espíritu Santo». San Cirilo explicaba también el sentido de cada unción: en la frente, para que el nuevo cristiano contemple sin vergüenza la gloria del Señor; en los oídos, para que pueda escuchar los divinos misterios; en el pecho, para que, revestido de la justicia como de una coraza, resista las asechanzas del enemigo. San Atanasio, por su parte, enseñaba que así como Cristo asumió un cuerpo terrenal para ser sacerdote eterno ante el Padre, también nosotros recibimos, en esta unción, una participación en su obra sacerdotal.
¿Es posible que un niño reciba esta gracia? La Iglesia responde que sí. Cristo mismo bendijo a los niños pequeños y enseñó que el Reino de Dios les pertenece (Lucas 18:15-16); y si Juan el Bautista pudo ser lleno del Espíritu Santo aún en el vientre de su madre (Lucas 1:15), no hay razón para dudar de que el Señor derrame su gracia también en los más pequeños. Esa gracia se recibe de manera gratuita desde el primer día; el llamado de toda una vida es crecer después en ella, tal como también los adultos bautizados están llamados a cultivar y hacer fructificar el don recibido.
El Espíritu Santo, dado en la crismación, no es simplemente un conjunto de dones o capacidades, sino el mismo Espíritu de Dios que viene a habitar en el creyente. «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu», escribe San Pablo (Gálatas 5:25). Por eso decimos que la meta de la vida cristiana entera —bautizados, crismados y alimentados después en la Eucaristía— es precisamente esta: llegar a vivir por el Espíritu que se nos ha entregado como un don inmerecido, y crecer día a día en la santidad a la que hemos sido llamados.


