La Divina Liturgia es la Eucaristía, el nombre más antiguo que recibió el culto dominical de los cristianos y que proviene del griego eucharisteo, "dar gracias". Con el paso del tiempo este mismo servicio comenzó también a llamarse Divina Liturgia, nombre con el que hoy la conocemos, y es la celebración central y más importante de la vida de la Iglesia: el sacramento que da sentido y sostiene a todos los demás.
Su origen se remonta a la última cena, la noche en que el Señor fue entregado. Durante la cena tomó pan, lo partió y dijo a sus discípulos: «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (Lucas 22:19). Al final de la comida bendijo una copa de vino y añadió: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lucas 22:20), pidiéndoles que repitieran ese gesto en memoria de Él. Los discípulos apenas comprendieron el alcance de esas palabras esa misma noche; solo después de la Resurrección entendieron que Cristo había transformado su propia entrega en un sacrificio permanente y eficaz para sus discípulos de todos los tiempos.
Desde los primeros años, los cristianos se reunían el primer día de la semana, el día en que el Señor resucitado se manifestaba a los suyos, para celebrar este memorial. Con el correr de las décadas la toma del pan y el vino se separó de la comida comunitaria: los fieles se congregaban antes del amanecer del domingo para la Eucaristía y volvían a reunirse más tarde para compartir una comida fraterna. Este ritmo semanal, sostenido en la oración, las lecturas de la Escritura y los himnos, es el mismo que la Iglesia conserva hasta hoy.
El centro de este misterio no es una simple metáfora ni un recuerdo mental de un hecho pasado. San Pablo enseña con toda claridad: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» (1 Corintios 10:16). El propio Señor lo había anunciado antes: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Juan 6:54). Por eso la Iglesia entiende que en la Eucaristía comulgamos verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Al participar de este memorial —en el sentido bíblico de la palabra, un acto que Dios recuerda y por el cual actúa, como las trompetas que Moisés hizo tocar sobre los sacrificios de Israel (Números 10:9) o las limosnas de Cornelio, que "fueron recordadas delante de Dios" (Hechos 10:31)— la Pasión de Cristo se hace presente entre nosotros. Su muerte y resurrección no quedan como un hecho histórico lejano, sino como un sacrificio vivo y actuante en medio de la asamblea que se reúne cada domingo.
Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos une también unos a otros. «Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan», escribe San Pablo (1 Corintios 10:17). La Divina Liturgia es, en este sentido, la fuente de la unidad de la Iglesia y el contexto en el que se celebran también los demás sacramentos.
Por su lugar central en nuestra salvación, nos preparamos para recibirla con cuidado: ayunando desde la noche anterior, orando de antemano, perdonando a quienes nos han ofendido y acudiendo con regularidad al sacramento de la Confesión. Venimos cada domingo y cada día de fiesta porque necesitamos ser sanados, porque el Señor mismo nos lo pidió, y porque sin este encuentro con Él no tenemos verdadera vida.



