El oficio ortodoxo de sepelio está lleno de tristeza, pero también de una honda alegría y confianza en la misericordia de Dios. En esto se distingue con claridad de las costumbres del mundo secular contemporáneo, que sin advertirlo ha vuelto a una idea muy antigua: la separación tajante entre el alma, considerada valiosa, y el cuerpo, tratado como algo desechable, poco más que un envoltorio del que uno puede desprenderse sin más.
Para la fe ortodoxa, en cambio, es la persona entera —alma y cuerpo unidos— la que lleva la imagen de Dios. Por eso, en el funeral ortodoxo la persona fallecida está verdaderamente presente: el ataúd permanece abierto para que los seres queridos puedan ver su rostro mientras oran por ella, y se le da el último beso antes de que sea sepultada con reverencia en la tierra. La Iglesia no oculta la realidad de la muerte ni la disfraza de simple celebración de una vida; la enfrenta de cara, con dolor real, pero también con una esperanza igualmente real.
El propio cementerio expresa esta esperanza: la palabra proviene del griego koimeterion, que significa literalmente "dormitorio", porque confesamos que Cristo ha transformado la muerte en un sueño del cual despertaremos, así como quien duerme se levanta cada mañana. El oficio de sepelio, de hecho, sigue el mismo patrón litúrgico que el servicio de Maitines del Sábado Santo, el día en que la Iglesia celebra el propio entierro de Cristo y su victoria sobre la muerte: los mismos salmos y el mismo canon que acompañan aquella vigilia acompañan también nuestros funerales, porque así como Cristo murió y resucitó, también sus discípulos mueren con la certeza de su propia resurrección.
Por todo esto, el entierro cristiano es notablemente distinto del entierro secular. Como escribió San Pablo, «no nos afligimos como los que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4:13). Damos el último beso a nuestros seres queridos como promesa de un nuevo encuentro; oramos por sus almas, confiados en la misericordia de Cristo; entregamos su cuerpo a la tierra con reverencia, aguardando la resurrección final; y no dejamos que el dolor, aun siendo real y profundo, tenga la última palabra. Porque Cristo resucitó de entre los muertos, venciendo la muerte con su propia muerte, y otorgando vida a cuantos descansan en las tumbas.


