El servicio actual del Santo Matrimonio es el resultado de un largo desarrollo litúrgico. En los primeros siglos de la Iglesia no existía todavía un rito propio de matrimonio: cuando dos cristianos deseaban casarse, sencillamente acordaban vivir juntos como esposos, según la costumbre del mundo romano de su tiempo, y luego se presentaban en la asamblea dominical para comulgar juntos como cualquier otro fiel. No había una ceremonia especial que hiciera cristiano al matrimonio; era cristiano porque quienes se casaban eran cristianos.
Esto no significa que la Iglesia entendiera el matrimonio como lo entendía el mundo. Para los cristianos, el matrimonio implicaba desde el comienzo una unión de por vida en Cristo, sin posibilidad de divorcio, y estaba llamado, como toda la vida del creyente, a manifestar el Reino de Dios. La comunidad celebraba con alegría la nueva unión, y durante la Eucaristía el sacerdote solía ofrecer por los esposos una oración o bendición especial. Ya en el siglo IV la Iglesia había aceptado el uso de coronas para los novios; San Juan Crisóstomo enseñaba que estas coronas debían entenderse como coronas de victoria sobre las pasiones, signo de la castidad guardada por la pareja hasta ese día.
Solo a comienzos del siglo X apareció un servicio de matrimonio propiamente separado de la Eucaristía, pensado para quienes no podían comulgar de inmediato —como ocurría en los matrimonios mixtos—, pero que de todos modos debían ser casados por la Iglesia. Ese servicio, nacido de esa necesidad pastoral, es el que la Iglesia Ortodoxa sigue empleando hoy.
El rito consta de dos partes: el compromiso, en el que los novios se prometen mutuamente fidelidad, y la coronación, en la que se celebra el matrimonio mismo. En el compromiso, el sacerdote intercambia los anillos entre los novios, quienes los colocan en el cuarto dedo de la mano derecha; ese gesto expresa, sin necesidad de votos ni palabras, el consentimiento mutuo de ambos. A continuación viene la coronación: la pareja se sitúa en el centro del templo, porque su unión representa la unión eterna entre Cristo y su Iglesia, y el sacerdote coloca sobre sus cabezas coronas que piden para ellos, no flores pasajeras, sino gloria y honor duraderos. Después comparten una misma copa de vino, imagen de la alegría e intimidad que de ahora en más solo compartirán entre sí, y dan sus primeros pasos como esposos mientras el sacerdote los guía tres veces alrededor de una mesa sobre la que descansa el Evangelio: una procesión que recuerda a los esposos que deben mantener a Cristo en el centro de su vida en común.
Un matrimonio celebrado en la Iglesia es, así, muy distinto de una unión meramente civil. «Para mí el vivir es Cristo», escribió San Pablo (Filipenses 1:21), y para el cristiano la vida entera —también la vida matrimonial— no tiene otro fin que glorificar al Señor. Por eso los esposos reciben mutuamente el don del otro como un regalo de Cristo: la alegría del amor compartido, la bendición de los hijos, los años vividos juntos, son motivo constante de acción de gracias. Y de ese reconocimiento nace el llamado a tratarse con respeto y ternura, a servirse mutuamente con amor y a guardarse fidelidad de por vida.


